viernes, 12 de septiembre de 2014

UNA GASOLINERA, FAULKNER Y LA LLUVIA


Sé que lloraré, eso fue lo que me dije a mí misma en el primer instante en que cruzamos nuestras miradas en la librería y me acerqué a preguntarle si podía ayudarle en algo.
-Busco  algo de Faulkner-me respondió
¡Vaya algo de Faulkner! eso era mucho más que una intención y si ¡Céntrate, Marla, céntrate! Además si me mira así, no sé adónde vamos a llegar...
-¿Alguna de sus novelas en concreto?-le pregunté
-Me da igual mientras sea de Faulkner-respondió
-En ese caso podría recomendarle por ejemplo Mientras Agonizo o El Ruido y la Furia, puede incluso llevarse Los rateros, fue premio Pulitzer.
El interesante y misterioso cliente me miró fijamente y sonrío.
-Eche un vistazo, le dejo que lo piense.
Volví al mostrador y le dejé pensando.
Luis y Sofía etiquetaban los nuevos ejemplares que habían llegado y no habían perdido ojo de mi conversación.
-Marla, este es el cliente del que te hemos hablado, viene una vez a la semana a llevarse un ejemplar de Mientras agonizo. Ya verás, se quedará un rato mirando los libros de Faulkner pero siempre se lleva el mismo título-me dijo Sofía
-¿Es este? Bueno no me habías dicho que era así….-le pregunté sorprendida
-¿Así cómo?
-Así tan....tan interesante-dije riéndome
 Sofía y Luis rieron conmigo. Eran muchos los años que llevábamos trabajando juntos y la complicidad entre nosotros era más que notable.
Tal y como me había comentado Sofía, el extraño e interesante cliente se acercó a la caja con un ejemplar de Mientras agonizo en sus manos.
-Me llevo este-dijo tendiéndome su tarjeta de crédito.                     
Le cobré y guardé su libro en una bolsa cuidadosamente.
-Muchas gracias Sr. Burden espero volver a verle por aquí. Por cierto....me llamo Marla.
-Daryl, encantado-me saludó estrechándome la mano-Por supuesto que volveremos a vernos, Marla -me dijo mirándome fijamente a los ojos y esbozando una media sonrisa.
A mis cuarenta y pocos, nunca, nadie me había mirado así, reconociéndome. Mi pelo rojo podría haber ardido con la misma facilidad que un papel.
El día transcurrió con normalidad pero yo no pude dejar de pensar en esa mirada, en esa sonrisa, en cómo sería, a qué se dedicaría, cómo besaría…
 Al salir me estaba esperando con su moto, llevaba el casco puesto pero le reconocí por la cazadora de piel negra. Hacía calor para llevar cazadora, sólo que él debía ser uno de esos tipos que siempre la lleva puesta haga el tiempo que haga, marca de la casa.
Se levantó la visera del casco y me hizo un gesto para que montara en la moto. No me lo pensé ni un segundo, lo hice.


 
Me llevó a uno de esos bares a los que una mujer no suele entrar sola a pedir un café, más que nada porque puede que ni siquiera lo sirvan y sobre todo porque no te atreverías a entrar para averiguarlo.
Como si Dennis Hopper y Peter Fonda no hubiesen estado lo suficientemente colocados a lomos de sus motos y Born to be Wild no sonara a todo trapo en aquel garito con una única luz sobre la mesa de billar en la esquina izquierda  y con un penetrante olor a bourbon en el escaso aire que se podía respirar; así era él, un espíritu libre y yo desentonaba en ese decorado pero estando junto a él todo me parecía un cuadro perfecto.
Nos tomamos una cerveza y charlamos y reímos y nos miramos y nos medimos y volvimos a reír y a beber y a charlar y a reír y a mirarnos...y yo no dejaba de sonreír.
Al salir, llovía. Me fascinaba la lluvia y bajo esa lluvia ya casi veraniega nos besamos.
Fue mucho mejor de lo que había estado imaginando todo ese día. Fue como el recuerdo del primer beso: dulce, apasionado, puede que incluso un poco torpe pero lleno de un deseo tan loco e irracional como inocente.
Aquella noche terminamos en su casa, entre sus sábanas de algodón blanco como casi todas y cada una de las noches de ese verano tan caluroso. Me hizo sentir como en mi propia casa, como en mi propia cama, como en mi propia vida, esa que siempre quise tener.
Desde el primer momento que crucé el umbral de su casa me dijo que  me sintiera como en la mía pero que sólo había una habitación de la casa en la que nunca debería entrar. No era  más que una puerta como otra cualquiera, de madera oscura con el tirador dorado y me lo dijo: no debes entrar ahí. Y entré.
Entré en mitad de la noche, a hurtadillas e intentando no hacer ruido que es como se supone que se hacen las cosas prohibidas o al menos así lo hacía cuando era niña.
Estanterías llenas de Mientras Agonizo, la vista no me alcanzaba a ver ningún otro título y un cuadro con un árbol genealógico con el nombre de William Faulkner en su cabecera. Sólo tuve que hilar hasta la parte inferior del cuadro. Daryl Burden, ahí estaba su nombre ¿un descendiente del propio Faulkner o alguien obsesionado con el autor? No lo sabía y puede que nunca lo hiciese.
Volví a la cama y me encendí un cigarro. Daryl se despertó y me preguntó si estaba bien, le mentí. Fumamos e intentamos dormir pero ni él ni yo lo conseguíamos.
Salimos de su casa en mitad de la noche para comprar cigarrillos. El viento fresco golpeaba mi cara y no sería lo único que quedaría golpeado esa noche.
Llegamos a la gasolinera, bajé de la moto y le miré. Lo sabía, él lo sabía. Me dirigí a la tienda a por los cigarrillos. Oí un acelerón. Salí a la calle con el paquete de cigarrillos en la mano y le vi alejarse en la oscuridad de la noche.

 
Sólo él pudo entrar y salir de todas las formas posibles e inimaginables porque yo fui como no me había permitido ser en mucho tiempo, como uno de mis libros, uno de esos libros abiertos que se dejan leer con facilidad y que nunca serán una obra maestra.
Distinguí una luz a  lo lejos, creí que era él pero el dúo de luces que se acercaba me dejaba muy lejos de su moto.
La última mirada al igual que el beso de despedida ni siquiera dejaría de saber salado porque ya no me lo daría.
La noche se cernía como una losa sobre mí una vez más. El cielo se iluminó, llovía y yo me calaba como cala el amor, hasta el alma, hasta los malditos huesos.
Ya sólo quería llegar a casa, descansar la pena y secar las lágrimas sobre mi almohada, en lo poco que quedara de su olor.
No debí abrir esa puerta, hay puertas que nunca deben abrirse. Ganó la curiosidad aún cuando no jugaba y eso fue lo que lo estropeó todo. Para él fue y fui el fin; ahora lo sabía.
Al día siguiente salí a la calle. Me encontré un paquete en el buzón, sin nombre, sin destinatario. Lo abrí. Era un ejemplar de Mientras Agonizo. Y bajo la misma lluvia que me calaba la noche anterior, lloré y sentí la desazón, la agonía en mi corazón.

2 comentarios:

  1. Vaya, rockera. Me ha encantado tu relato de la gasolinera. Los dos personajes son estupendos, sobre todo el chalado de Burden. Está muy bien escrito, con un ritmo magnífico y frases geniales. Y el recurso de la prohibición de entrar al cuarto y las estanterías llenas del mismo libro es un recurso muy acertado.

    Lo dicho, rockera. Muy bueno tu relato.

    Un beso o dos.

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    1. Muchísimas gracias, Jánter. Se ha hecho esperar pero ha llegado. Ya sabes que te espero en la próxima gasolinera ;) Besos

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