viernes, 22 de julio de 2016

UNA NOCHE DE AMOR DESESPERADA



Brillaba la luna de agosto. Félix y Sara se conocieron en un bar, junto a la playa. Los dos pasaban unos días de vacaciones en el Sur. Pudo ser una casualidad que se encontraran, sólo que ninguno de los dos creía en las casualidades.
Ella bailaba junto a una pequeña pista de baile. Él estaba de pie en la barra del bar, no muy lejos de ella. Ya se habían visto…se observaron, se midieron con la mirada. Sara se acercó a la barra del bar, pidió una bebida e inició una conversación con Félix. Abandonaron aquel bar tras poco más de una hora de intensas miradas, diálogos inteligentes-intencionados y afilados a veces-, risas en cuyo eco se escondía el deseo de juntar los labios del uno con el otro.
Tuvieron ese “algo” que te ocurre una vez  en la vida o ninguna. Eso que sólo tiene un momento y un lugar; puede que porque el destino es así o simplemente no crees que tenga espacio en tu vida cotidiana o no te atreves a dárselo. Era incluso probable que alguno de los dos tuviese otra historia, otra vida lejos de esa playa pero ni lo mencionaron ni creyeron oportuno preguntárselo.
Aquella noche no sonó esa canción pero ahora ella podía oírla al igual que el recuerdo de los jadeos ahogados junto a su oído; aquellas sensuales notas y el recuerdo…la erizaron la piel.



Fueron todo lo que necesitaban, querían y desearon aquella noche. Todo lo que pudieron ser sin preguntas, sin esperar nada; no tenían historia, ni pasado y muy probablemente tampoco futuro, por eso aquella noche bajo la luna de agosto se entregaron al infinito...de sus manos, de los suspiros y de toda la amplitud de sus cuerpos.
Supieron verse las heridas, las lamieron hasta curarlas y llevarlas al olvido.
Félix dibujó con sus dedos sueños perdidos en otros cuerpos, avanzando hasta llegar dentro de ella...la sal de su piel, el sabor escondido entre sus piernas. Sara se fundió con aquellos labios nuevos, sin ansia, sin prisa…dando todo su ser, el alma. Él y ella, ella y él y aquella noche de amor desesperada.
Sara salió de aquel bar de ese Sur que tanto la gustaba, con la memoria fresca, el corazón roto y ríos de sal recorriendo sus mejillas. Se alejó cantando, con el recuerdo de esa noche reflejada en la luna de agosto y esa canción que le trajo de vuelta…

Tuvimos una noche
llena de color
un río dorado
tus ojos son.

Paramos la vida
con nuestras manos
la vida cantaba
esta canción.

Una noche de amor
desesperada,
una noche de amor
que se alejó.



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