sábado, 24 de noviembre de 2018

LA LISTA....


Como todas las mañanas Augusto Nota salió a la calle, con todo en él en orden, para dirigirse a su puesto de trabajo. A medida que andaba, mentalmente, repasaba la lista de tareas para hoy. Recordaba exactamente el estado en que había quedado todo el día anterior. De todas maneras al sentarse frente al ordenador, volvería a ver la ristra de pósits pegados en el filo de la pantalla, que con concisas listas enumeraban un abanico de cometidos. Una nota para el índice laboral, otra para su lado “ama de casa”: lo indispensable a la hora de hacer la compra en el supermercado; una tercera con un listado de canciones a escuchar detenidamente. La cuarta nota con el número de su centro de atención primaria, el número de historial, el nombre del doctor en cuestión, la hora y día de la visita, y por debajo, con una flechita muy bien dibujada y que indicaba un subnivel, una derivada, el día y hora de la analítica previa. El mundo de la salud, el tema médicos en general, era complicado, y el riesgo de un olvido, de consecuencias fatídicas. Volver al inicio del laberinto.


En la vida de Augusto Nota todo se regía por listas. Todo estaba previamente planificado y listado. La lista era la prevención, el cálculo, el método, la memoria e incluso la motivación, a manera de recordatorio. Listas para sus pasiones. Las diez mejores películas de la historia, según su criterio. Los famosos diez discos que te llevarías a una isla desierta. Libros, amigos, estudios, gastos mensuales, actividades vacacionales. Cualquier actividad humana es susceptible de merecer una lista. La obligación, entre comillas, de confeccionarla le forzaban a tener que depurar, examinar y examinarse. Escoger por detalles o después de un concienzudo análisis, que o quien entraba a formar parte de una lista y en que orden, más que un pasatiempo o una manía se habían convertido en una filosofía de vida. Por la lista, el camino hacia el orden y el éxito. La racionalidad al poder. Y la falsa seguridad de tenerlo todo bajo control. Únicamente su testarudo romanticismo podía poner en duda semejante convicción.


La mañana pasó. Sin altibajos, ni noticias, plana. Llegada su hora, Augusto salía a la calle, al igual que todos los días, para dirigirse a un humilde bar cercano, donde servían económicos menús que ponían a salvo su equilibrio nutritivo, manteniéndole en cierta armonía alimenticia. Abrió la puerta del local tal quién abre una caja de ruidos y el agudo murmullo se escapó un poco hacia el exterior. El griterío de los camareros, amasado con el colchón de calmadas conversaciones de mesa, ocupaba todo el local, una densa niebla sonora. Desde la barra, uno de los camareros, le señalaba una mesa a tocar que quedaba libre. Ocupó su lugar, paciente asistió a la ceremonia de limpieza de la mesa. Le colocaron servilleta y juego de cubiertos, que no pudo evitar colocar perfectamente perpendiculares, como gesto, como tic.

Mientras esperaba, buscando musarañas que mirar, una mujer abrió la puerta del local, y por un segundo la luz del mediodía, que entraba del exterior, le dibujo la silueta como a una aparición en el horizonte, como una señal divina. 

La señora vino a ocupar precisamente el taburete que había frente a él. Dejó su bolso en la barra, y con mucho cuidado, calculando el movimiento, a la vez que se cogía la costura del vestido, para acompañar, con la otra mano se apoyaba en el taburete, y en un ínfimo brinco acabó sentada.


La realidad se había descosido para dejar entrar algo de color. El color rojo de los zapatos de aquella dama. Zapatos de salón de tacón alto, tacón que se engarza en el fino reposapiés del taburete. Medias negras que trepan por sus piernas hasta esconderse en el vestido tubo negro. Uñas rojas. Melena cobriza. Poderosa. Elegante. No pudo evitar mirarla, una vez y otra, reiteradamente, fuera de toda lógica y con la justa medida de no ser sorprendido en el acto. Pero la insistencia es enemiga de la seguridad y de la corrección, y acabó por cruzarse con sus ojos. Empezó a sentir calor, aunque el verano empezaba a ser recuerdo, una gota de sudor abrió la veda en su frente. Y ella sonreía, primero tímidamente, más tarde abiertamente, de una manera limpia, alegre. Cautivadora. Él siguió comiendo como pudo entre sonrisa y sonrisa, entre mirada y mirada. El incremento en la frecuencia, de las sonrisas, presagiaba la primera palabra en cualquier momento. Pero no fue palabra sino gesto, y más que gesto, ceremonia, la de descenso a la tierra. Recogió sus mínimas pertenencias, giró muy lentamente la cabeza, para mirarle, a él, intensa, metálica. Desde el ángulo de su hombro, le dijo sin decir. Se dirigió a la puerta del local, y ya en la calle, se detuvo a encender un cigarrillo. Él, sin escuchar entendió. Pidió la cuenta, pagó, se despidió, palpó todos sus bolsillos para comprobar que estaba todo en orden y se deslizó entre las mesas hasta la salida.


Caminaron, ella de su brazo y el conversador gesticulante infatigable, dejando tras de si una hilada de carcajadas en el aire. Llegaron hasta un museo y entraron para ver una exposición de fotografía. Siguieron susurrándose al oído pequeñas conversaciones. Ella amenazaba con gritar como repuesta a la ultima ocurrencia de él. El trasgresor desafío del grito que rompa el sacro silencio. Sonrisas una pizca maléficas, y más que maléficas, cómplices, traviesas. La complicidad les embistió, y tras el paso de un guardia de seguridad, él la cogió por la cintura y la beso. Ni un reproche, ni un alejamiento. Era sabido y consentido, dado por supuesto. Gustoso y deseado, querido. Escribimos momentos inexplicables, tan solo por la sucesión de otros inexplicablemente deliciosos. Pesan más según que miradas que según que palabras.


Igual que niños entusiasmados, varios besos mediante, volvieron al ruido y a los coches. ¿Qué hacer con todo aquello que llevaban dentro, a media tarde de un día laborable? ¿En qué lista figuraba la instrucción para el siguiente paso a realizar? ¿Dónde está el orden cuando más se le necesita? Creo que la pasión ha ocupado su lugar, y toma los mandos de la situación. Ella habló de un hotel por horas y a él le pareció un milagro ¿Existían esas cosas? Se dejaron llevar, más bien él se dejó llevar, y zambulló en la vida como en una aventura, como una película interactiva. No podía dejar de sonreír. Todo el misterio y toda la pasión. Todo el gusto y todo el desorden. El vértigo de la ausencia de control.


Se besaron, se mordieron, se chuparon. Se arrancaron la ropa con el hambre. Se abrazaron. Se follaron como si fuera la última vez. Gritaron y rieron mucho, mucho. El orgasmo trajo atada a su cola un cadena de carcajadas imparables. Solo les falto llorar de felicidad. Estallaron el uno en los brazos de otro. Brillaron. Y como las bengalas de las fiestas infantiles, se fueron apagando, tras el éxtasis. La complicidad seguía ahí, junto a las sonrisas, más blandas ahora, y las miradas susurrantes, confidentes. Abandonaron el establecimiento, cogidos de la mano. Las luces de la noche les acompañaban. Hablaron y sin planificar decidieron seguir escribiendo aquella historia. Volverían a verse. Se dieron los teléfonos y las ultimas caricias, los últimos besos. Besos que sabían ricos, se sabían primeros de miles que vendrían.



Augusto volvió a su planeta y a sus rutinas, en el punto en que podía retomarlas. Se dirigió a su casa envuelto en ilusión desbordante. La agradable desazón del estreno, de la novedad fascínante. Durante el camino, pensando, pensando, recordó que en cierta ocasión elaboró una lista para reconocer a la mujer ideal. Con una nueva sonrisa dio por trazado el plan, la buscaría y comprobaría cuan acertado habría estado. Le divertía la idea de cotejar el paso del tiempo entre sus deseos antiguos y los actuales regalos de la realidad.


Al llegar a casa empezó la búsqueda. Cajones y cajas en los que hacía tiempo que no miraba, archivos del pasado. Libros amontonados en la mesita de noche, y en uno de ellos, entre la solapa y la primera página, encontró la lista. La mitad de una cuartilla, cortada a mano. Amarilleante en los bordes, y con la tinta del rotulador un tanto evaporada por el tiempo. “LA MUJER” en mayúsculas escritas a mano, subrayado y seguido de un listado con más de diez puntos. Augusto tomó su rotulador rojo de tachar. Empezó con el primer punto, siguió con el segundo, y así hasta acabar con los diez. Como todavía quedaba espacio para algún punto más, con el mismo rojo tachador, marcó un nuevo punto y escribió a continuación un enigmático “Ella…” Dejó cuidadosamente el rotulador sobre la mesa y se hundió en su sonrisa y en el sofá. Sin buscarla la había encontrado y el destino se había reído a carcajadas en sus narices. Por suerte no siempre triunfan el orden y la lógica.


Algún vecino estaría escuchando música porque se le colaba por la ventana que da al patio interior. Question Mark & The Mysterians y su “96 Tears”. Ya nunca olvidaría esa canción…


 
Una colaboración de L´Home Llop

viernes, 23 de noviembre de 2018

LECCION SE ESCRIBE CON SIETE LETRAS


En primer lugar quisiera dar las gracias a Tina, por permitirme el honor de estar en esta celebración de letras para conmemorar el célebre cumpleaños de un lugar que me encanta. Es como cuando en tu local favorito están de fiesta. Siete años, se dicen pronto.

Es curioso todo esto, no soy supersticioso pero me gusta el número siete, dicen por ahí que es el de la buena suerte, pero en mi caso no sé, es un número que me ha marcado desde niño, y por suerte, para bien. 

Muchas de las cosas importantes de mi vida han ocurrido en un día siete, a veces del séptimo mes, amor, graduación, logros, etc.  Pero si tengo que quedarme con algo hoy,  me quedo con aquel diciembre en el que cumplía siete años y mi padre, alguien muy importante para mí, me hizo uno de los mejores regalos de mi vida. Una flor con siete pétalos.

No soy un hombre de extremos, nunca lo he sido, ni soy de cielo ni soy de infierno, soy de esos que se quedan permanentemente en el limbo y aquella tarde para no variar, también lo estaba. Hacía mucho frío y a ratos echaba un vistazo por la ventana  para ver si la suerte me obsequiaba unos copos de nieve para decorar mi cumpleaños.  Miraba entusiasmado por la casa intentando encontrar alguna caja con papel de colores y lazos, o un bulto enorme envuelto en esa especie de papel acartonado brillante. Obviamente no encontré nada pero la inquietud no me dejaba esperar, y terminé preguntando por mi regalo. 

Mi padre con gesto serio pero elegante, escondiendo una pícara sonrisa, levantó su dedo índice y dijo: Lo tienes justo ahí.

Corrí hacia la mesita que él había señalado, y cuál fue mi sorpresa cuando me encontré media hoja de papel en la que había dibujada una flor con siete pétalos. El berrinche fue tremendo. ¡Que ofensa a mi infantil dignidad! no comprendía aquella barbarie ¡Era mi cumpleaños! Mi enfado era tan importante que desfilé hacia mi cama y lloré durante un buen rato.

It's my party and i cry if i want to, que diría Lesley Gore. 




Después de llorar amargamente, reaparecí en mi fiesta de mala gana, con un aspecto lamentable, los ojos como dos globos y la nariz colorada por aquella pataleta. Mis amigos y familiares me hicieron algunos regalos, así que se me pasó el disgusto momentáneamente  jugando y comiendo pastel. Pero al terminar la fiesta volví a la carga con mi resentido ego y pregunté por aquel dibujo tan tonto que me decepcionó tantísimo. Él me explicó que ya era mayor para ocuparme de ciertas cosas como esa flor, que debía cuidarla y regarla con las gotas de mi creatividad, porque era una flor especial y muy mágica que me daría muchas satisfacciones en un futuro.  Me contó una especie de cuento sobre aquella flor con siete pétalos, me dijo que esa flor se llamaba Música y que esos siete pétalos eran las notas musicales que yo debía aprender y proteger, para usar el verdadero regalo que tenía para mí. Una vieja guitarra acústica que él había comprado siendo un mozo y había cuidado con mimo durante muchos años. Mi decepción pasó a ser una Lección. Interesante palabra que casualmente también se escribe con siete letras.

A mis siete años se despertó mi amor por la música, con aquella flor de siete pétalos y aquella vieja guitarra. Hasta hoy,  que ya peino canas, ha sido mi compañera, mi guía, mi luz y mi sombra, mi mejor amiga, mi brújula cuando he perdido el norte  y hasta mi faro en las malas mareas.

No encuentro un lugar mejor donde dejar esta historia que en manos de alguien que es Música por sí misma. Mi querida Tina con la que da gusto conversar de lo que sea y de quien siempre me acuerdo cuando escucho a Leño, Loquillo, Burning, Ramoncín y sobre todo a Eddie Cochran o nuestro querido Willy DeVille.

Nadie mejor que tú para cuidar de este recuerdo. Y en honor a este séptimo cumpleaños, te lo regalo con todo mi cariño. Felicidades por este maravilloso lugar, por tus letras, por tu pasión y confianza y sobre todo por convertir esos pétalos a veces tan musicales en letras y hacerlos viajar hasta el alma de quien te lee, en esas cajas tan tuyas con forma de corazón.

Como diría alguien: No te llamas Ponyboy,  pero sigue siendo de oro y muy rebelde por siempre Tina. 

Una colaboración de Kid 
 

jueves, 22 de noviembre de 2018

CANCIÓN DE AMOR EN UNA GASOLINERA

Con su viejo coche y dos dedos de gasolina en el depósito regresó a la ciudad para recoger los restos de su padre y cerrar una deuda con el pasado.

Era muy de mañana y llovía a la manera lenta, desesperante, interminable, que precede a cualquier final.

Odiaba las mañanas de lluvia, las tardes de resaca y las noches de insomnio.

En la residencia de ancianos, la directora le dio el pésame y le entregó lo que era de su padre, un bolsa de deporte verde, un portatrajes de poléster azul y una urna de color crema atravesada por una cruz negra. Luego canceló la cuenta corriente del viejo. Le dieron 542 euros en billetes de cien y de veinte y una moneda de dos.

Ese día que regresaba a la ciudad, alquiló una habitación barata en el Hostal Maracaibo. En un chino de esa calle compró pan de centeno, jamón cocido y una bolsa de hielo. En la Licorería Abade compró dos botellas de vino blanco de Rueda y una de Jack Daniels.

Vació la bolsa de hielo en el lavabo y puso las botellas de vino a enfriar. Su epopeya, los cuartos de moteles baratos donde se había despertado un millón de veces con la lengua pegada al paladar y cuerpos agonizantes al lado.

Dentro de la bolsa de deporte de su padre había ropa vieja, una radio Sony de plástico, una carpeta de cartón azul con sus informes médicos y el certificado de defunción, una billetera marrón gastada, un teléfono Motorola con tapa y su inseparable Omega Seamaster de 14 quilates.


En el portatrajes, un terno gris marengo, un cinturón con la hebilla dorada, unos gemelos de plata y una corbata negra. Se puso los pantalones y la chaqueta y fue de un lado a otro de la habitación con el vaso de vino en la mano. Su madre le repetía a menudo, “eres el calco de tu puto padre”.

Ochenta años de la vida de un hombre caben en una bolsa de deporte y en un portatrajes. Al final de ese día su padre era 542 euros, cuatro trapos y un vaso de Starbuck de color crema atravesado por una cruz negra.

Pasó las horas tumbado en la cama, con la radio Sony puesta en una emisora de música clásica y dos dedos de bourbon en el vaso. Así cayó en un profundo sueño, con la colilla del Camel quemándole los dedos.

Al despertar ya era noche cerrada. Se enjuagó la cara con el agua fría del lavabo y abrió la segunda botella de vino. Ya se lo había dicho el especialista. Si quiere matarse en pocos meses siga bebiendo. Consejos impagables que animan a seguir bebiendo.

Aún tuvo que terminar la botella y beber algunos tragos de Jack Daniels antes de atreverse a llamar. Tuvo que hacerlo porque puede que fuera la última oportunidad de volver a ella.

De cuando era sólo rock and roll pero les gustaba. Su piel pegada a su cuerpo, los dedos tecleando en la carne. Rock and Roll. Su mirada que se sumía en él y allí se quedaba, bailando en su pecho.

Sólo rock and roll. Aquel disco de Gene Vincent que le regaló pocos meses antes de que se acabara. Cuando en la contraportada escribió con rotulador indeleble: DE LA QUE SIEMPRE SERÁ TUYA. You Belong To Me. Mira el sol, vuela, sueña, pero nunca olvides que me perteneces.

Entonces la llamó. Ella dijo Hola y quedaron para cenar a la noche siguiente.




A media mañana salió del Maracaibo. Tiró en el primer contenedor la bolsa con la ropa, la radio, el Motorola y la urna color crema con la cruz en negro. Se compró una camisa celeste, una corbata de seda con luciérnagas verdes sobre fondo azul y unos zapatos negros. En el chino de la calle del hostal se compró una bolsa de hielo. En la Licorería Abades se compró dos botella de vino de Rueda y otra botella de Jack Daniels.

Una hora antes de la cita se duchó y se afeitó. Se puso el traje gris marengo y se anudó la corbata. Se puso los gemelos de plata y se ajustó el Omega de 14 quilates en la muñeca.

Cinco minutos antes de la cita estaba en la puerta del restaurante japonés Midori. Ella llegó diez minutos más tarde. Se besaron. Se miraron a los ojos. Ella dijo que no tendría que haberse puesto tan elegante para una cena tan informal como aquella.

Nada fue como había imaginado que tendría que haber sido. Tal vez porque los reencuentros son malas canciones que hacen llorar.

Ella habló de separaciones, desencuentros, penas, de un trabajo en la cocina de un kebab, de tres hijos, dos viviendo con ella, y de que le haría un favor si al terminar la cita la acercaba a su casa, y de que le haría un favor si le recordaba que tenía que comprar galletas y leche para el desayuno de mañana.

Ella siempre fue su amor y ese amor era tan imposible como llegar a mañana.

Más de veinte años a la espera. Y allí estaba, con su sonrisa, su pelo negro y sus manos nerviosas. Pero ya no sonaba la canción, su canción, la de la piel y los dedos tecleando en su cuerpo.

Nada tenía que haber sido como fue.

La miraba sin encontrar nada y ella lo miraba sin verlo. Ese instante en el que sabes que la vida es una estafa.

Por favor, que no se te olviden las galletas y la leche para el desayuno de mañana. La lluvia se estrellaba contra la ventana del Midori para dibujar una constelación de estrellas que destellaban con las luces de los coches.

Terminó la cita y él no llegó a recordarle las interminables tardes de cerveza y futbolín en el billar Oquendo, ni aquel concierto de Burning que no acababa ni cuando salió el sol, ni las madrugadas felices en el Tren Azul, garito estrecho como culo de rata. Ni le recordó el disco de Gene Vincent que le regaló pocos meses antes de que terminaran, el disco en el que había escrito con tinta indeleble: DE LA QUE SIEMPRE SERÁ TUYA.

Al final de la cena quedaba casi todo el sushi en la bandeja y sólo dos dedos de la segunda botella de verdejo que él había pedido. Mientras le traían la cuenta, ella fue al baño y él deslizó en su bolso 542 euros en billetes de cien y de veinte y una moneda de dos.

De camino a casa le recordó que tenía que comprar galletas y leche para el desayuno de mañana.

Pararon en la tienda de una gasolinera de Repsol que quedaba a trescientos metros de su casa. Fue la última vez que ella lo miró. Sus ojos eran dos luceros tristes que lo observaban desde el fondo de un vaso empañado.

Ella salió del coche con el paraguas y el bolso y su andar agotado. La lluvia moría en el parabrisas con una repiqueteo monocorde. Arrancó el motor y se alejó sin volver la vista atrás.

Aunque vueles en mil aviones de ensueño y se borre toda la memoria del mundo, siempre serás mía, amor.

Odiaba las noches de insomnio, las mañanas de lluvia y las tardes de resaca.

Una colaboración de Jánter P. Silano

Blog Bitácora de un fracasado  

miércoles, 21 de noviembre de 2018

TE PROMETÍ...



Te prometí mi sonrisa y no sé dónde la puse

Me prometiste una música de almíbar y el silencio sigue sonando

Te prometí sentimientos que me habitan sin ser míos, como quien regala una estrella

Me prometiste tu pereza mañanera, tú café compartido.  Ahora despierto tarde y desayuno solo

Te prometí un viaje sin paradas, sin peajes y sin fondas y resultó ser una carretera desierta

Me prometiste que pararías el tiempo, y ahora te veo correr, buscando el tiempo para ganar lo que te quita el tiempo que te falta.

Te prometí estrechar mi mundo, navegar por un canal ignorando el océano, oler el viento y no volar jamás

Me prometiste estar a mi lado, y no paras de irte a buscar cosas que ofrecerme, cosas que no son tú

Te prometí mis latidos, mis suspiros y mis pedos

Me prometiste una vida infinita, y no hablamos de comer. Después vino el hambre y con él la muerte de la eternidad y la fugacidad de una vida corta que se hace larga, y larga que se hace corta

Te prometí las miradas de la luz del día, mis vigilias… mis sueños jamás






Una colaboración de Paolo Cohollo

martes, 20 de noviembre de 2018

UN HOMBRE BAJO LA LLUVIA


Lo cierto es que, por repentino e inesperado, no había visualizado antes este momento, aunque estoy seguro que lo hubiera imaginado de otra manera. No sé, quizá frente a un bonito atardecer en un acantilado a lomos de una potente moto observando con la mirada perdida como rompen las olas contra las rocas mientras las pocas lágrimas que me he permitido caen bajo mis gafas de sol último modelo; o mejor aún, en un solitario mirador contemplando con cara interesante (o sea, ceño fruncido y cara de dolor de estómago crónico) como las luces que adornan la gran ciudad iluminan el cielo estrellado en tanto apuro un cigarrillo apoyado sobre el capó de un descapotable negro junto a una botella vacía de Jack Daniels.

Pero no, no hay ninguna puesta de sol, las farolas del barrio comienzan a encenderse quejumbrosamente y no hay ningún vehículo bajo mi culo. Ni siquiera puedo fumar, la puta lluvia me ha calado hasta lo más hondo del alma, lo cual incluye lo que hace unas horas fue un paquete de Fortuna en el bolsillo de mi pantalón. Comienzo a tener frío, aunque ya estaba tiritando antes de que el agua impregnara todo de húmeda tristeza.

Creo que ya está bien, debería volver a casa, aunque es el último sitio del mundo en el que me gustaría estar. No sé porque trato de encoger el cuello, no hay parte de mi cuerpo que no esté ya empapada. Separo la espalda del cristal de seguridad, me levanto y comienzo a andar. Doy tres pasos y noto que apenas puedo moverme, la ropa mojada pegada al cuerpo me pesa demasiado y los músculos entumecidos hacen que ande como un completo imbécil. Mientras caigo en la cuenta de que llevo aquí más tiempo del que pensaba, me es imposible evitar mirar atrás, al escaparate de la joyería de donde me compró aquel reloj verde y dorado hace poco más de un año.

Fue su último regalo. En la primera evaluación me quedaron 6, en la segunda 5 y en la tercera milagrosamente 1, Lengua, que aprobé pocas semanas después en la recuperación de Junio. Es curioso, sobre todo en este momento, que me sorprenda esta coyuntura, pero lo cierto es que yo siempre fui de letras.
Joder, qué alegría se llevó, vi orgullo -del bueno- en sus ojos cuando se lo dije. Se levantó de la mesa, dejó la comida a medias y me besó. Ella era la única capaz de conseguir que, por momentos, dejara de sentirme un fracasado.

Va a ser verdad eso que siempre me decía, que no era un perdedor, que podía conseguir todo aquello que me propusiera. Llevaba razón. Siempre. Aunque me temo que esta vez por mucho que me lo proponga, y a pesar de tener aun tiempo para coger el tren hacia ese lugar indeterminado que muchos llaman felicidad, nunca volverá a pasar uno en los años que me quedan en el que Ella ocupe un asiento. Nunca antes en mis 17 años había experimentado una angustia y desconsuelo tan profundo, tan cruel. Me cuesta asumir que sin Ella ya nunca será lo mismo. Solo de pensarlo siento como casi se me rompe el corazón.

Durante el trayecto, la fría lluvia no cesa mientras observo a través de las ramas desnudas de los árboles en Noviembre como se va escondiendo el sol y me es inevitable pensar en el entierro. En mi cabeza lo veo desde arriba, en perspectiva. Me sorprende cuan distorsionado y hasta surrealista aparece en mi cabeza, no puedo ver las caras de nadie pero reconozco a todos los que están allí, incluso puedo verme a mí mismo. Han pasado sólo dos días y ya se me hace muy lejano. Dios, es como un jodido sueño, conforme pasa el tiempo las imágenes se van difuminado. Tengo miedo de que se me olvide su cara, que no la recuerde con la nitidez que lo hago ahora.

Cerca del portal los nervios comienzan a aflorar. Por las ventanas veo las luces encendidas, pero no hay nadie en casa. A partir de ahora lo único que tengo es tiempo para recordar, ¿para qué sirve esperar entre estas paredes, si no es para evocarte?

Al agarrar las llaves para abrir la puerta que me lleva directamente a esta nueva situación comienzo a sentir miedo, un vértigo infinito hasta ahora desconocido, y es entonces cuando comienzo a ser consciente de que me siento culpable por no haber pasado más tiempo contigo, de que me es imposible no dejar de sentir enojo hacia ti por abandonarme tan pronto, de que ahora es tiempo de caminar solo, de que tan sólo soy un niño hombre bajo la lluvia.

LETRA




Una colaboración de JakeSnake, autor de Musicae Memorandum y Power Ballads

lunes, 19 de noviembre de 2018

LADY WRITER


Hola "Lady writer"

¡Encantado de felicitarte y participar de tu séptimo blog/cumple!

Con tus artículos (sabes que soy una vieja gloria y les llamo así) me ocurre algo inusual...y maravilloso, no sólo escribes sobre Rock and Roll...lo transmites, tienes la virtud de "hablar" el idioma de esa locura que para muchos es el único y verdadero lenguaje Universal, la música.



En alguno de tus escritos me he impregnado del olor a alcohol derramado, a "chupa" de cuero, a gasolina de vieja moto de algún rocker con un corazón roto por desamor...

La música que fluye de tus letras suena a Burning, a Neil Young, a la vieja Velvet...y también a ese rock and roll añejo que tanto amas.
Seguiré intentando convencerte de que te animes a agruparlos en una especie de "Rock and Roll diary"

Mientras sintonizo a los Stones, felicidades por siete años de auténtica literatura Rock con una canción que es tan tuya…



Una colaboración de  Lazy Stardust
 

domingo, 18 de noviembre de 2018

RECONOCERSE


Creo, que por alguna extraña razón, los melómanos se reconocen unos a otros, como si de invasores o replicantes se trataran.

Pero con melómano no me refiero al que le gusta la música. No. Ni siquiera al que le gusta mucho la música. Tampoco. Porque ¿habéis conocido a alguien que admita abiertamente que no le gusta la música? A todo el mundo parece gustarle. Está como mal visto admitir que no es parte de tu ocio.

A los que me estoy refiriendo, saben de lo que hablo. No se trata de que te guste una canción, un disco, unos temas que te acompañan en una fiesta, etc. Se trata de vivir con ella. Y sin ningún tipo de duda, de vivir por ella.

De que dentro de tu cabeza te acompañe siempre algo. De saber que ese día que no tienes fuerzas ni para levantarte, en cuanto te duches y salgas por la puerta, está Robert Plant para insuflarte la energía que no encuentras. Y a veces, ya ha estado Ray Davies un rato en la cama para darte ese impulso necesario que no encontrabas ni para vestirte.




Se trata de que vuelvas a tener esa luz que sólo existe cuando tienes veintitantos si Eddie Vedder te acompaña al metro. De que hay ocasiones en que amoldas los pasos a los ritmos de los temas de Martin Gore. Se trata de ser el protagonista de tu propio video musical, ese que creas en tu cabeza mientras suena Ian McCulloch.

Que a mitad de un día malo, venga Bowie a recordarte que ya queda menos. Que cuando te dan una noticia maravillosa, esté Steve Marriot empezando a cantarte dentro de tu cabeza. Que el aburrimiento te lo acompañe algunas veces Tricky y otras, Frank Black, siempre empeñado en que el tedio se convierta en inspiración.

Que, tras una tarde con tu chico o chica, le acompañes al portal, sabiendo quien te va a acompañar a ti a casa. Peter Murphy, si ha sido una tarde de las que hacen época, Robert Smith, en uno de esos días que te quieres engañar pensando que va a ser para siempre, Neil Hannon si notas que ya no es lo mismo que al principio, Morrissey si quieres no perder la vida en el trayecto por lo que te acaban de decir o Thom Yorke, si verdaderamente, te has dado cuenta de que no hay nada que hacer para salvarlo.

Creo que los melómanos de los que hablaba que se reconocen, lo deben de hacer porque en el fondo, saben que no pueden vivir ya de otra forma y que, se sienten privilegiados de que así sea. Y eso se debe de notar de alguna manera.

Y ahora, voy a poner a hermanos Reid, que está empezando otra vez a llover.




Una colaboración de Quique K_mohr

viernes, 16 de noviembre de 2018

INNUENDO


Eres único.

Una mezcla única.

Eres todo lo que quiero y lo que no quiero.

Una obra de arte difícil de catalogar y fácil de amar, sin entender bien el porqué.

Eres lo que nunca vi en nadie y lo que vi en todos.

Una algarabía de sensaciones desde un lugar lejano y a la vez tan próximo.

Eres libre y vuelas a mi lado, a su lado, al lado... 

Una energía extraña, bonita, oscura, transparente y opaca.

Eres lo que no querría tocar y sin embargo podría acariciar cada día.

Unas palabras que se ahogan y se gimen, al tiempo, a ritmo, en el umbral de unas cuerdas.

Eres quien está y no está, pero siempre es y enseña a ser.

Una explosión de ansiedad en los ojos y otra de calma en los labios, dueño de unos "te quiero" distintos.

Eres inalcanzable en la palma de mi mano, a tiro en el doble de mi falda y en la base de mi cuello.

Eres único y de nadie.

Una mezcla única que obliga a seguir teniendo más sed.


 


Una colaboración de Luces al fondo 

Blog Luces al Fondo    

jueves, 15 de noviembre de 2018

¿QUIÉN ERES TU PARA SEÑALARLE CON EL DEDO?


Próxima parada…
En esta estación de metro suele bajar mucha gente, siempre acostumbro a echar una mirada rápida por si encuentro un asiento libre para poder continuar mi lectura con comodidad. Hay suerte y logro sentarme. Inmersa en la lectura y con música en mi MP3 apenas me doy cuenta de lo que sucede a mi alrededor. No obstante, veo que sube un músico a nuestro vagón y se dispone a sacar una guitarra de la funda, una flauta andina pende de su cuello. De repente el tipo que está a mi lado se levanta del asiento y se planta frente a él. Con el dedo levantado ha empezado a gritarle, diciendo que no puede tocar en el vagón y que va a llamar a seguridad. Muestra una desproporcionada agresividad, teniendo en cuenta que al otro ni siquiera le ha dado tiempo a sacar la guitarra.
Los pasajeros observamos la secuencia sin saber qué hacer. El músico le dice que por supuesto piensa tocar y mi vecino de asiento, como respuesta, redobla los gritos. Exclama entre aspavientos que nos está molestando a todos. No me gusta meterme en polémicas en el transporte público pero no puedo quedarme callada, esto no lo quiero a consentir. Le pido que hable por él, que a mí no me molesta en absoluto. El hombre me dedica un gesto malhumorado, y es entonces cuando le presto atención por primera vez. Aparenta unos treinta y pocos años, va vestido con un polo color vino y pantalones de pinzas, lleva en la mano un móvil de tamaño considerable y entre las piernas sujeta una cartera que parece de cuero. Es en este preciso momento cuando otros pasajeros reaccionan. Algunos le reprenden afirmando que a ellos tampoco les molesta y que tiene derecho a tocar si quiere.
A estas alturas el músico, visiblemente ofendido, decide cambiar de vagón. “Eres un estúpido”, espeta al hombre, que escenifica un amago de agresión. Por supuesto no pasa a mayores, se nota que es de los que gritan mucho pero actúan poco. O nada.
Una vez que el músico se ha marchado en nuestro vagón continúa la polémica. El estricto defensor de las normas pronuncia las palabras mágicas “yo pago mi billete” y “yo pago mis impuestos”. Me levanto de su lado y prefiero seguir a pie lo que me queda de viaje.
Algunos viajeros alaban mi reacción, pero lo cierto es que aquí sólo hay un villano y ningún héroe. Como resultado de la trifulca, el músico se ha marchado del vagón y el hombre continúa cómodamente sentado en su asiento. Nada de lo que alegrarnos.
Es el momento de salir del vagón para hacer transbordo, dentro dejamos al tipo vociferando. Una señora latina le reprende diciéndole que ha hablado así al músico porque era extranjero. En respuesta a la señora, el tipo le grita que se deje de “victimismos”. Blanquea su racismo.
Who are you to wave your finger?
Mientras salgo del vagón la pantalla del MP3 indica que empieza a sonar “The pot” de Tool, una banda que me gusta especialmente, aunque alguna vez me hayan dicho que no es música para una mujer. El machacón punteo de bajo y la certera percusión retumban en mi cabeza. Siento la extraña sensación de que las notas se van introduciendo dentro de mí. Una poderosa guitarra se eleva y me envuelve. Se genera un remolino que me devuelve al interior y trae al músico de nuevo hasta el vagón. Me estoy asustando. ¿Qué pasa?
Me encuentro sentada en el mismo sitio y el hombre que está a mi lado se levanta como impulsado por un resorte. Apunta con el índice al músico:
– No tienes derecho a tocar aquí. Que no puedes tocar. Vete. ¡Voy a llamar a seguridad!
Me doy cuenta de que la música parece sonar fuera del MP3. ¿La estará escuchando el resto de pasajeros? Siento que el volumen sube y sube. Por los gestos que hace el hombre parece que las notas del bajo le lastiman pero sigue metiéndose con el músico.
– Nos estás molestando a todos. ¡Basta!
Decido intervenir. Me parece haber vivido antes este momento y mis palabras no obedecen a un impulso fruto de la indignación. No puedo explicarlo, me siento obligada a pronunciarlas.
– A mí no me molesta – le respondo al hombre, que me mira mal.
El músico decide cambiarse al siguiente vagón.
– Eres un estúpido.
Pero no suena convincente. En este momento un hombre rapado con gafas de pasta, en el que no me había fijado antes, se levanta de su asiento y le pide al músico que se quede donde está. Después se dirige al hombre.
– ¿Quién te crees que eres para señalarle con el dedo? – le espeta.
Zumba el bajo y la batería parece empujar al tipo, que permanece de pie.
– ¿Te crees superior a él? – vuelve a preguntar el viajero.
El bajo bombea, como un latido. Hirientes punteos de guitarra acompañan a la batería, que se expande por el vagón.
 – Estás demasiado acelerado para ser tan temprano. Parece que no te ha sentado bien el desayuno.
Observo al viajero, que me recuerda mucho a alguien. Pero, ¿a quién?
– Tengo todo el derecho a quejarme, yo pago mis impuestos. ¿Acaso los paga él? – protesta el hombre.
En el vagón asistimos expectantes a la discusión, que está tomando un camino inesperado.
– Los sacrosantos impuestos que dan derecho a todo. ¿Por qué será que la mayoría que esgrimís ese argumento tan manido tenéis mucho por lo que callar?
El viajero continúa con su ataque al estricto defensor de la legalidad.
– ¿Tienes asegurada a la señora que te limpia la casa? ¿No es cierto que haces lo imposible, incluso maniobras fuera de la ley, para pagar menos impuestos?
El hombre se ve enredado en la música y en los argumentos del viajero, que no para de lanzarle andanadas.
– El músico cotiza por su trabajo en un fast food. Sin embargo, su esposa cobra en negro por cuidar a una anciana.
Un momento, ¿cómo tiene esa información?
– Tú te estás planteando desde hace tiempo contratar a una mujer inmigrante para que cuide de tu madre. En casa no tenéis tiempo para dedicarle, estáis demasiado ocupados ganando dinero y tirándolo. Bien, no es asunto mío. Pero buscas mano de obra barata y desesperada, que no pueda quejarse cuando le digas que no vas a asegurarla.
Nadie se atreve a hablar.
El hombre del polo color vino tampoco es capaz de responder. Mudo de sorpresa, abre y cierra la boca, pero no encuentra argumentos.
– Le dijo la sartén al cazo... – remata el viajero que a estas alturas nos parece que lo sabe todo.
Pasa a la acción y hostiga al hombre, mientras prosiguen los golpes de batería.
– Te mereces una patada en la boca que te arregle esa cabeza de culo.
Contenemos la respiración.
– Pero no voy a ser yo quien te la dé. Y ahora, haznos a todos el favor de abandonar el vagón – remata el justiciero.
La guitarra y la batería discuten, redoblando su intensidad. La canción le da al hombre el empujón definitivo. Está fuera del vagón. La música finaliza.
Entramos a la estación en la que hago transbordo. Me acerco a la puerta y veo que también se levanta el misterioso hombre que parece saberlo todo. Se dirige al músico y le dice que empiece a tocar.
– Pero después de que me haya bajado del tren – concluye con cierta sorna.
Cuando salimos, me viene por fin a la mente a quién me recuerda el hombre rapado. Le busco para comentarle su extraordinario parecido con Maynard James Keenan, el cantante de Tool, la banda que no sé si he estado escuchando sólo yo o todo el vagón. Me pregunto si los conocerá. Sin embargo, no lo veo por ningún lado. Examino el rostro de los viajeros que suben junto a mí en las escaleras mecánicas. Miro a lo largo del andén. Pero no hay forma, no doy con él. Definitivamente lo he perdido.
Empiezo a dudar si he vivido esto o no. Noto que mi bolso pesa más de lo normal. Lo abro y rebusco entre los objetos de siempre. De repente encuentro algo que no tenía que estar aquí. Se trata de una especie de llave inglesa, una herramienta de aspecto fálico.
Como el célebre logo de Tool.



Una colaboración por Mrs #Hzlqdbs

Blog Haz Lo Que Debas
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Mrs #Hzlqdbs Muchas gracias a Tina por la invitación, nunca me habían propuesto algo así y me ha encantado. He intentado unir dos cosas que están presentes en mi día a día, el Metro y la música. Tool es un descubrimiento muy reciente y con este relato he pretendido darle la vuelta a una historia de las que podemos vivir un día cualquiera en el transporte público.