sábado, 24 de noviembre de 2018

LA LISTA....


Como todas las mañanas Augusto Nota salió a la calle, con todo en él en orden, para dirigirse a su puesto de trabajo. A medida que andaba, mentalmente, repasaba la lista de tareas para hoy. Recordaba exactamente el estado en que había quedado todo el día anterior. De todas maneras al sentarse frente al ordenador, volvería a ver la ristra de pósits pegados en el filo de la pantalla, que con concisas listas enumeraban un abanico de cometidos. Una nota para el índice laboral, otra para su lado “ama de casa”: lo indispensable a la hora de hacer la compra en el supermercado; una tercera con un listado de canciones a escuchar detenidamente. La cuarta nota con el número de su centro de atención primaria, el número de historial, el nombre del doctor en cuestión, la hora y día de la visita, y por debajo, con una flechita muy bien dibujada y que indicaba un subnivel, una derivada, el día y hora de la analítica previa. El mundo de la salud, el tema médicos en general, era complicado, y el riesgo de un olvido, de consecuencias fatídicas. Volver al inicio del laberinto.


En la vida de Augusto Nota todo se regía por listas. Todo estaba previamente planificado y listado. La lista era la prevención, el cálculo, el método, la memoria e incluso la motivación, a manera de recordatorio. Listas para sus pasiones. Las diez mejores películas de la historia, según su criterio. Los famosos diez discos que te llevarías a una isla desierta. Libros, amigos, estudios, gastos mensuales, actividades vacacionales. Cualquier actividad humana es susceptible de merecer una lista. La obligación, entre comillas, de confeccionarla le forzaban a tener que depurar, examinar y examinarse. Escoger por detalles o después de un concienzudo análisis, que o quien entraba a formar parte de una lista y en que orden, más que un pasatiempo o una manía se habían convertido en una filosofía de vida. Por la lista, el camino hacia el orden y el éxito. La racionalidad al poder. Y la falsa seguridad de tenerlo todo bajo control. Únicamente su testarudo romanticismo podía poner en duda semejante convicción.


La mañana pasó. Sin altibajos, ni noticias, plana. Llegada su hora, Augusto salía a la calle, al igual que todos los días, para dirigirse a un humilde bar cercano, donde servían económicos menús que ponían a salvo su equilibrio nutritivo, manteniéndole en cierta armonía alimenticia. Abrió la puerta del local tal quién abre una caja de ruidos y el agudo murmullo se escapó un poco hacia el exterior. El griterío de los camareros, amasado con el colchón de calmadas conversaciones de mesa, ocupaba todo el local, una densa niebla sonora. Desde la barra, uno de los camareros, le señalaba una mesa a tocar que quedaba libre. Ocupó su lugar, paciente asistió a la ceremonia de limpieza de la mesa. Le colocaron servilleta y juego de cubiertos, que no pudo evitar colocar perfectamente perpendiculares, como gesto, como tic.

Mientras esperaba, buscando musarañas que mirar, una mujer abrió la puerta del local, y por un segundo la luz del mediodía, que entraba del exterior, le dibujo la silueta como a una aparición en el horizonte, como una señal divina. 

La señora vino a ocupar precisamente el taburete que había frente a él. Dejó su bolso en la barra, y con mucho cuidado, calculando el movimiento, a la vez que se cogía la costura del vestido, para acompañar, con la otra mano se apoyaba en el taburete, y en un ínfimo brinco acabó sentada.


La realidad se había descosido para dejar entrar algo de color. El color rojo de los zapatos de aquella dama. Zapatos de salón de tacón alto, tacón que se engarza en el fino reposapiés del taburete. Medias negras que trepan por sus piernas hasta esconderse en el vestido tubo negro. Uñas rojas. Melena cobriza. Poderosa. Elegante. No pudo evitar mirarla, una vez y otra, reiteradamente, fuera de toda lógica y con la justa medida de no ser sorprendido en el acto. Pero la insistencia es enemiga de la seguridad y de la corrección, y acabó por cruzarse con sus ojos. Empezó a sentir calor, aunque el verano empezaba a ser recuerdo, una gota de sudor abrió la veda en su frente. Y ella sonreía, primero tímidamente, más tarde abiertamente, de una manera limpia, alegre. Cautivadora. Él siguió comiendo como pudo entre sonrisa y sonrisa, entre mirada y mirada. El incremento en la frecuencia, de las sonrisas, presagiaba la primera palabra en cualquier momento. Pero no fue palabra sino gesto, y más que gesto, ceremonia, la de descenso a la tierra. Recogió sus mínimas pertenencias, giró muy lentamente la cabeza, para mirarle, a él, intensa, metálica. Desde el ángulo de su hombro, le dijo sin decir. Se dirigió a la puerta del local, y ya en la calle, se detuvo a encender un cigarrillo. Él, sin escuchar entendió. Pidió la cuenta, pagó, se despidió, palpó todos sus bolsillos para comprobar que estaba todo en orden y se deslizó entre las mesas hasta la salida.


Caminaron, ella de su brazo y el conversador gesticulante infatigable, dejando tras de si una hilada de carcajadas en el aire. Llegaron hasta un museo y entraron para ver una exposición de fotografía. Siguieron susurrándose al oído pequeñas conversaciones. Ella amenazaba con gritar como repuesta a la ultima ocurrencia de él. El trasgresor desafío del grito que rompa el sacro silencio. Sonrisas una pizca maléficas, y más que maléficas, cómplices, traviesas. La complicidad les embistió, y tras el paso de un guardia de seguridad, él la cogió por la cintura y la beso. Ni un reproche, ni un alejamiento. Era sabido y consentido, dado por supuesto. Gustoso y deseado, querido. Escribimos momentos inexplicables, tan solo por la sucesión de otros inexplicablemente deliciosos. Pesan más según que miradas que según que palabras.


Igual que niños entusiasmados, varios besos mediante, volvieron al ruido y a los coches. ¿Qué hacer con todo aquello que llevaban dentro, a media tarde de un día laborable? ¿En qué lista figuraba la instrucción para el siguiente paso a realizar? ¿Dónde está el orden cuando más se le necesita? Creo que la pasión ha ocupado su lugar, y toma los mandos de la situación. Ella habló de un hotel por horas y a él le pareció un milagro ¿Existían esas cosas? Se dejaron llevar, más bien él se dejó llevar, y zambulló en la vida como en una aventura, como una película interactiva. No podía dejar de sonreír. Todo el misterio y toda la pasión. Todo el gusto y todo el desorden. El vértigo de la ausencia de control.


Se besaron, se mordieron, se chuparon. Se arrancaron la ropa con el hambre. Se abrazaron. Se follaron como si fuera la última vez. Gritaron y rieron mucho, mucho. El orgasmo trajo atada a su cola un cadena de carcajadas imparables. Solo les falto llorar de felicidad. Estallaron el uno en los brazos de otro. Brillaron. Y como las bengalas de las fiestas infantiles, se fueron apagando, tras el éxtasis. La complicidad seguía ahí, junto a las sonrisas, más blandas ahora, y las miradas susurrantes, confidentes. Abandonaron el establecimiento, cogidos de la mano. Las luces de la noche les acompañaban. Hablaron y sin planificar decidieron seguir escribiendo aquella historia. Volverían a verse. Se dieron los teléfonos y las ultimas caricias, los últimos besos. Besos que sabían ricos, se sabían primeros de miles que vendrían.



Augusto volvió a su planeta y a sus rutinas, en el punto en que podía retomarlas. Se dirigió a su casa envuelto en ilusión desbordante. La agradable desazón del estreno, de la novedad fascínante. Durante el camino, pensando, pensando, recordó que en cierta ocasión elaboró una lista para reconocer a la mujer ideal. Con una nueva sonrisa dio por trazado el plan, la buscaría y comprobaría cuan acertado habría estado. Le divertía la idea de cotejar el paso del tiempo entre sus deseos antiguos y los actuales regalos de la realidad.


Al llegar a casa empezó la búsqueda. Cajones y cajas en los que hacía tiempo que no miraba, archivos del pasado. Libros amontonados en la mesita de noche, y en uno de ellos, entre la solapa y la primera página, encontró la lista. La mitad de una cuartilla, cortada a mano. Amarilleante en los bordes, y con la tinta del rotulador un tanto evaporada por el tiempo. “LA MUJER” en mayúsculas escritas a mano, subrayado y seguido de un listado con más de diez puntos. Augusto tomó su rotulador rojo de tachar. Empezó con el primer punto, siguió con el segundo, y así hasta acabar con los diez. Como todavía quedaba espacio para algún punto más, con el mismo rojo tachador, marcó un nuevo punto y escribió a continuación un enigmático “Ella…” Dejó cuidadosamente el rotulador sobre la mesa y se hundió en su sonrisa y en el sofá. Sin buscarla la había encontrado y el destino se había reído a carcajadas en sus narices. Por suerte no siempre triunfan el orden y la lógica.


Algún vecino estaría escuchando música porque se le colaba por la ventana que da al patio interior. Question Mark & The Mysterians y su “96 Tears”. Ya nunca olvidaría esa canción…


 
Una colaboración de L´Home Llop

1 comentario:

  1. Muchísmas gracias por animarte a volver a escribir y hacerlo aquí, en este pequeño rincón lleno de cajitas, de historias...poder contar contigo es un placer, amigo.
    El relato es estupendo, ver cómo nos puede cambiar la vida en un momento dado...pasar del orden a ese maldito pero dulce kaos que es el amor.

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